Cuando los pinceles ya no resbalaban de mis dedos, cuando los mamarrachos fueron tomando formas lógicas, colores razonables, todo era gracias a ella, sus consejos eran como una tibio aliento en mis oídos y su mano caliente guiando la mía en la dirección correcta, su mirada de eterna melancolía, recuerdo apoyando su rostro sobre mi hombro mientras observaba el óleo desparramado sobre la tela, sus rulos rozando mis mejilla comenzaron a despertar sentimientos algo extraños para mi pero muy comunes en realidad, descubriendo diariamente rasgos de su belleza, a pesar de los años que nos separaban, me perturbaba su inteligencia, su cuerpo.
Un curso de pintura que jamás me arrepentí de tomar, aunque fuera casi empujado hacerlo, mi carácter ermitaño asusto a mis padres y llegue a ella.
Conocí a su marido una tarde que llegue antes de lo habitual y ella aun no se encontraba, me recibió cordialmente, con amplia cultura de trato afable, a pesar de aspecto algo enfermizo, su cuerpo estaba sumergido en alguna enfermedad que de apoco lo consumía, a simple vista parecía llevarle 10 o más años a su esposa, cuando charlamos siempre mencionaba sus antiguas empresas y lo dejaba despacharse a gusto, ya ella me había confiado que no tenían hijos, por esa razón y el estar tanto tiempo encerrado al hombre le gustaba hablar de corrido, de a poco hice una costumbre de llegar antes para estar con el, cosa que lo ponía muy contento y ella al llegar aprobaba con su mirada, también a mi me gustaba escuchar sus historias ricas en anécdotas.
martes, 19 de febrero de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

1 comentario:
Realmente me encanta leerte... te sigo...
Cariños!!!
Lidia
Publicar un comentario